martes, 23 de agosto de 2016

Toots Thielemans (1922-2016)


Una armónica con voz propia

El armoniquista Toots Thielemans, una de las grandes figuras del jazz, falleció el domingo, a los 94 años, en Bélgica, su país natal. Había tocado con Charlie Parker, Benny Goodman, Miles Davis, Ella Fitgerald, Oscar Peterson, Bill Evans o Elis Regina, entre muchos otros, pero sobre todo había elevado a su instrumento a una categoría expresiva propia. Se había retirado formalmente de la carrera profesional solo dos años atrás, y a los 90 años aseguía haciendo giras por Estados Unidos y Japón.

El parte médico indicó que murió de manera natural, mientras dormía, en el sanatorio en el que había ingresado un mes antes debido a un proceso de debilitamiento por la edad. Había nacido en Bruselas, en 1922. Fue primero guitarrista, pero ya desde ese instrumento comenzó a buscar otras sonoridades: “En los años 50 compartía un mundo con mucha energía creativa; esa idea de silbar sobre la melodía de mi guitarra estaba inspirada en el saxo de Parker, en la trompeta de Davis y en el clarinete de Goodman; sentía que todo era musical por aquellos años”, contó.

Fue durante la ocupación alemana cuando descubrió el jazz, que por entonces se expandió como una forma de resistencia, con la gran influencia de otro belga y guitarrista, Django Reinhardt. Por entonces Thielemans comenzó a frecuentar un club de París, para participar de “interminables jams” con Sidney Bechet, “de los que nunca me volví a bajar”, recordaba. “Una noche llegué de Bruselas y me fui directamente al club. Ahí estaban Charlie Parker, Miles Davis y Max Roach; salimos del club de día y yo tenía una sensación de fulgor dentro de mí”, recordaría sobre sus años de guitarrista.

En 1950 Benny Goodman lo sumó a su orquesta y con él salió de gira, aún como guitarrista. En 1952 se instaló en Nueva York y pasó a integrar la Charlie Parker All Stars, actuando en el Birdland como invitado de Miles Davis. En 1962 compuso un standard que fue un éxito inmediato: “Blusette”, tocando la guitarra y silbando la melodía. Compartió grabaciones y actuaciones con Bill Evans, Elis Regina, Ella Fitgerald, Oscar Peterson, Pat Metheny, Jaco Pastorius, Joe Pass, Shirley Horn, entre otros. También con Nick Cave, Paul Simon, Billy Joel, Frank Sinatra o Stevie Wonder. En decenas de discos deja la marca con la que hizo historia: un sonido propio en la armónica, que abreva en la melancolía del blues, en la fuerza del jazz y en el rumor de las calles parisinas.



Página 12, sin firma

martes, 9 de agosto de 2016

El sábado 6 se festejaron los primeros 50 años de Guillermo Hernández




La celebración, como en otras oportunidades, tuvo lugar en algún punto de la Provincia de Buenos Aires, a donde los invitados fueron llegando poco a poco, trayendo algo para contribuir con los festejos.


Los atuendos ad hoc estuvieron a la orden del día. Hacían que uno pensara que hasta la patria estaba de fiesta por Hernández.


Como puede verse, hubo quien aportó carbón y madera...














Hubo quien además, puso en juego sus conocimientos.














Finalmente, como en todo, quien hizo demostración de fuerza bruta, sin que en esta adjetivación haya el menor atisbo de calificación personal.








Todo se hizo bajo la atenta supervisión del homenajeado, quien, como se puede ver en la foto que ilustra a la derecha, derrochó alegría desde el primer momento.






Poco a poco, el fuego fue encendido y las carnes (a la sazón, un costillar de ternera de 23 kilos y un jabalí cazado a hondazos en la víspera por los multifacéticos hermanos Loiácono), dispuestas en cruz para honrar de este modo las costumbres de la campaña argentina.




El asador Daniel C., en sus raros momentos de ocio, recibió el consejo del mayor de los Loiácono, quien señalaba críticametne aquí y allá la necesidad de cambiar de lugar tal o cual carbón o de ajustar algún alambre porque, según él mismo afirmaba, "sabe de estas cosas".




Mientras todo esto ocurría, los presentes entendieron finalmente para qué sirven los críticos musicales.

En la foto, Diego F. (quien previamente se había conseguido una changa haciendo la revisación médica de los invitados que querían usar la pileta) revuelve la ensalada con las manos (y se supone que alternó ambas actividades, higienizándose adecuadamente entre una y otra).

Entre rábano y rábano, dijo haber cortado medio millón de cabezas de ajo, lo cual, considerando el aderezo de las ensaladas, parece haber sido verdad.






Con todo, alarmados por la incompatibilidad entre la revisación médica y la preparación de ensaladas simultáneas, varios de los contertulios decidieron intervenir enérgicamente y, so pretexto de ayudar al crítico de marras, le insistieron para que no tocara más la lechuga.

(Obsérvese la preocupación que refleja el rostro del invitado cordobés, de buzo azul.)








En algún momento, Guillermo Hernández se levantó de la silla para costearse hasta un rincón donde el escritor y periodista Juan Sasturain (invitado de honor, quien había cumplido años un día antes que el dueño de Minton's) y el Sr. J.B. se dedicaban a mirar algo (¿la tapa del último número de la revista Fierro? ¿la repetición de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Río? ¿el resultado de la kiniela? ¿pornografía?) en un teléfono celular.

A todo esto, como ilustra la foto de abajo, varios de los contertulios se fueron acercando acaso llamados por el fuerte olor a carne asada y el manifiesto deseo de hacerse de un trozo.






Alejado de todas estas intrigas, solo en su mundo, el Dr. B., siempre en bien de los otros, se entregaba simultáneamente a la preparación de tragos en una barra que él mismo se había agenciado. 



Como ilustra la foto de abajo a la derecha, no tardó mucho en hacerse de un delantal y empezar a crear diversas variaciones alrededor de la figura del Negroni. 

Un problema de presupuesto lo obligó así a imaginar ese trago reemplazando el gin ausente por vodka, cashasa, pisco, ron y otras bebidas espirituales, hasta el momento en que perdió la paciencia y empezó a ofrecer una variante del Negroni preparado exclusivamente con vino, omitiendo el molesto jugo de naranja y el Campari. A quien quisiera escuchar, le decía que era la típica picardía criolla.








Ajenos a estos menesteres, algunos de los invitados más serios, decidieron reunirse a escuchar las máximas y consejos de Carlitos Sampayo, quien, como de costumbre, fue el cascabelito de la fiesta. Esto puede colegirse a partir de la sonrisa de las señoras presentes en la foto así como de la actitud contrita y reservada del Sr. F., aquí atesorando anécdotas para luego referirlas en su habitual programa de radio de los lunes, que se emite por FM La Tribu.

Carlos Melero, en cambio, decidió comenzar la fiesta a su manera y por sus propios medios. Cabe, con todo, preguntarse, cuál era la utilización que le daba a la servilleta que  decidió ubicar en lugar tan poco habitual.





Empero, no todo fue festejo. Como puede verse en la foto de la derecha, el sufrido D.I., ante la mirada severa e imperativa del Dr. B, el Sr. C y el Sr. F. --acaso varios de los contertulios más exigentes--, hizo el gasto y, una y otra vez, cargó la correspondiente bandeja con las diferentes carnes, de acuerdo al punto de cada una, con el objeto de servir a los presentes, ya dispuestos en las diversas mesas del interior del quincho.


En la foto de abajo puede vérselo, en segundo plano, ya en acción, mientras algunas de las bellezas locales posan risueñas para la cámara. 







La abnegada atención que D.I. tuvo para con los invitados, tiene su origen --según luego declaró a la prensa-- en sus días de estudiante de abogacía en la ciudad de La Plata. Allí, para solventar sus estudios, dice haber servido en diversos establecimientos, tarea que recuerda con especial cariño.



Y aquí, como puede verse, está la comida en su modesto esplendor. Como se comprobará a continuación, las consecuencias de la misma no tardaron en reflejarse en los invitados.








Hubo de todo. Algunos se entregaron a las ensoñaciones, como es el caso del Sr. J.F., siempre dispuesto a rimar.











Otros prefirieron continuar bebiendo.













Alguno fumo un puro con auténtica delectación.
















Pero otros, como el trompetista Loiácono, se decidieron por la siesta provinciana (juzgada como poco elegante por los más exigentes).



Con todo, si vamos a hablar de elegancia, nadie pareció más entregado a la digestión que el homenajeado himself.  
Aparentemente, según adujo, algo le había caído mal (lo cual, llegado el caso, hablaría mal del asador), aunque se pretextaron unas medialunas de grasa mal asimiladas o un Talisker del día anterior, idem. 
Hubo que recurrir a los buenos oficios del crítico Diego.F. (quien no en vano hacía guardia para la revisación junto al natatorio), que tuvo la amabilidad de, literalmente, "tirarle el cuerito", sea el cuerito lo que fuere, ya que nadie se animó a preguntar de qué cuerito se trataba.





Ya repuesto el dueño de Minton's y tranquilizada su familia (aquí representada por el Sr. A.) siguieron los festejos






Cuando llegó la hora del champagne y de los dulces, varios se anotaron en primera fila.

Nótese la velocidad del motoquero M., a punto de voltear toda una hilera de copas por un petit four.

Nótese asimismo el grado de especialización del Sr. C., indicándole a la sufrida esposa de Hernández qué masita agarrar.

De paso, véase la velocidad con la que, ya despierto y despejado, el mayor de los Loiáconos, sin el menor disimulo, compite con el resto de los comensales por los lemon pies.










Y con los brindis renace el amor.











Así al menos lo atestiguan las siguientes fotos --como ésta del contador M. con Guille-- para las cuales el cronista no tiene palabras.







En tanto todos se quieren, el Sr. J. les da las últimas instrucciones a los hermanos Loiácono, quienes minutos después van a amenizar la velada, recreando clásicos de su repertorio, tal como lo ilustra la foto de abajo.









Siguen después otras varias demostraciones de amor viril que de ninguna manera deben ser confundidas con mariconería.




Y se llega así a las inevitables tomas de conjunto (obsérvese al cordobés H., a la izquierda, haciendo su famosa pose de ballet, de la época en que era modelo de Calvin Klein.


Obsérvese asimismo en esta segunda toma, en primerísimo primer plano, al Sr. Paulo, calvo, de anteojos y con las piernas cruzadas, directamente importado de Brasil, quien sacó todas las fotos que ilustran esta fiesta.







Véase por último, la expresión de alegría de Guille, a quienes todos le deseamos toda la felicidad del mundo.





viernes, 5 de agosto de 2016

Hoy Guillermo Hernández cumple 50 años y, ante la mirada atónica del Sr. MH, demuestra que no hay traba que lo intimide

Algunos testigos señalaron que lo que hasta hace unos días fue un comportamiento exclusivamente privado, hoy es gesto desembozado y, por qué no admitirlo, un curioso motivo de vanagloria.

Antes de que los paparazzi lo sorprendieran haciendo cola (y que se entienda que la expresión se refiere aquí a esperar en el exterior de algún lugar para entrar, en este caso a un boliche bailable, presuntamente recomendado por el mayor de los hermanos Loiácono), dicen testigos presenciales que lo escucharon silbando una vieja canción de Manal, más precisamente ésa que rezaba: "Cada minuto es un minuto menos/ Necesito un amor".

Otros, en cambio, que como el Sr MH lo vieron salir, hablan del hit de Marilina Ross "Puerto Pollensa".

La noticia corrió como el agua y hoy, en diversos mentideros, de esos que frecuenta el Núcleo Duro de Minton's, se intentaba darle una respuesta a tamaña revelación.

"A esto llevan los años de privaciones", quiso justificar uno. "No --dijo otro-- es todo lo contrario." "Que los cumpla feliz", dijo un tercero. "Eso", agregaron los demás. Y alguien, acaso sin medir las consecuencias de su afirmación, añadió: "Ya es grande. Tiene todo le derecho del mundo de hacer de su culo un pito". Hubo un instante de silencio, alguien se santiguó y el Núcleo Duro, como Hernández y su acompañante, se perdió en la noche.

viernes, 15 de julio de 2016

Smith, Taborn & Maneri por Marcelo Cohen

La siguiente es una reseña tardía sobre el concierto que el 30 de junio pasado Ches Smith, Craig Taborn y Mat Maneri dieron en el Centro Cultural Kirchner, escrita por Marcelo Cohen para la revista Otra parte,

The Bell

A los veinte minutos del imborrable concierto que el trío de Ches Smith dio el 30 de junio en el Centro Cultural Kirchner, varios miembros del público que ocupaba casi toda la ex Ballena Azul empezaron a escabullirse. Tal vez habían ido a escuchar algo que respondiera a la acepción prevaleciente de jazz, hard bop o lo que fuera, y de ser así el éxodo habla en general del diferendo recurrente entre el arte audaz y la mente condicionada. Nadie se va a sorprender ni enojar ya por eso; lo llamativo fue que a la salida muchos asistentes silbaran al pie de la nota pasajes de las piezas huidizas y tupidas que habían escuchado. The Bell, el disco que el trío vino a presentar, es una buena oportunidad para explicarse cómo una música tan cerebralmente escrita (los tres echaban el ojo a partituras) tiene tal facilidad de transmisión anímica. La clave del entusiasmo, por supuesto, es la improvisación. Pero no lo explica del todo porque la música de Smith está en tendida a lo inalcanzable y él la quiere así. Para el oído, un trío de percusión (económica), piano y viola ya es tímbricamente insólito. Bien empiecen con el vibráfono de Smith esbozando discretas zonas para que escarceos de piano y viola creen una atmósfera, bien con un drone de Maneri, un tenue fraseo de Taborn o un nervioso enjambre de alturas que van precipitando, todos los temas arden de un pálido fuego, una inquietud sutil. Poco a poco, o a veces de golpe, los motivos melódicos aireados y sucintos —que se despliegan en reiteraciones minimalistas, pulsos encontrados y un microtonalismo mechado de fugaces discordancias— se vuelven más resbaladizos; con el suplemento energético de la improvisación, la interacción se intensifica y las texturas se adensan. Como en ciertos cortes el ritmo es impetuoso de punta a punta (enWacken Open Air”) o el patrón se invierte (de la baraúnda al sosiego en “For Days”), lo que está pasando ahí podría escapársenos de no ser por las amplias destrezas de esta gente con apetito crónico de hallazgos. Maneri y Taborn, cuyos historiales llenarían sendos folletos, tocan juntos desde que Taborn fundó el mejor jazz electrónico conJunk Magic (2004). Smith se inició en el rock indie (con Xiu Xiu, por ejemplo), desde hace años es pilar de la mitad de los combos del jazz de vanguardia y mantiene varios experimentos más, entre otros el furiosamente eléctrico Ceramic Dog con Marc Ribot. Como los mejores de su oficio, sabe bien cuándo redoblar como un tamborilero, disgregar el beat en modo free, frotar los parches con el pulgar mojado o asordinarlos con el pie, mientras suelta una diáspora de tonos rozando los platillos; todo y más en un continuo de atención a lo escrito e invención libre. Sumemos los tránsitos del piano entre la gracia velocísima y acordes atronadores como descargas de acero laminado, los de la viola entre el susurro invernal y breves sobreagudos, llamaradas, chirridos: esta música acústica llena de groove pide una concentración de sala de concierto y arrebata como una performance rockera. Sobriedad escénica y vehemencia activa: llamémosla camerística metálica o metal de cámara. No sé cuántas veces ellos tocan para tanta gente y tan contenta, pero esa noche se los veía exultantes y todavía dispuestos, como si la audacia hubiera dado un paso hacia lo alcanzable.